LA COLINA

Un libro de PEAZODECOCK

Capítulo 7. LOS SABIOS SE REÚNEN DE URGENCIA

Capítulo 7. Los sabios se reúnen de urgencia.

 

A la mañana siguiente, todos los habitantes del emplazamiento del Conde de las Chimeneas salieron de sus casuchas para realizar el diario trabajo que les proporcionaba el sustento; Faronte, entre ellos, como uno más, aunque sintiera los ojos del resto clavados en su cogote, y escuchara el silencio cuchicheante que, a buen seguro, le estaba marcando: comenzaba a ser considerado como un bicho raro, alguien distinto: al fin y al cabo se había saltado las normas de la comunidad.

 

Los sabios aquella mañana no estaban en su lugar de reunión diaria. No se les veía y nadie sabía dónde habían ido. Todos quedaron extrañados al llegar al Círculo de los Mayores para escuchar su quehacer ese día y no estar allí los tres para repartir faena. En cambio, sustituyendo a todos, se encontraba Cahoma, mano derecha, valido y consejero del Conde de las Chimeneas.

 

Cahoma era el encargado de todos los negocios y mayordomo exclusivo del Conde. Si alquien quería algo del Conde, Cahoma realizaba el filtro de lo que le llegaba y lo que no a su señor; tenía la capacidad de, en realidad, ser él quién tuviera la última palabra en todo: el Conde no realizaba acción alguna sin el supervisado y consejo de Cahoma.

 

Cahoma era un tipo de piel blanquecina, antiparras redondas, ojos pequeños y marrones, le gustaba vestir elegantemente y, a pesar de haber venido en caballo, un pésimo jinete. Tenía fama de hombre honesto, serio, poco hablador y fuerte en sus convicciones, nada acostumbrado a que se le lleve la contraria ni se le cuestione en nada de lo que hacía. Su palabra, decisión, determinación o mandato era tomada como divina: no había otra que hacer lo que él decía.

 

Una vez reunidos en el Círculo de los Mayores, Cahoma por fin rompió el silencio para decirles muy brevemente a todos los aldeanos sólo una frase: “Vuestro trabajo de hoy será el mismo que el de ayer: quién taló, talará, quién recogió, recogerá, quién cocinó, cocinará y quién sembró, sembrará. Buenos días a todos”. Y a continuación, dio un breve tirón a las riendas de su caballo hacia la derecha y el animal giró a la izquierda.

 

–          “Maldito jamelgo”, murmuró. “Siempre hace lo que quiere. Será el próximo banquete del Conde.”

 

Todos marcharon a sus quehaceres, sin protestar.  Extrañados, pero convencidos que no había otra alternativa: lo había dicho Cahoma.

 

Cahoma recorrió los cuatro kilómetros de camino hasta llegar al Castillo del Conde de las Chimeneas, donde, tras descabalgar, ordenó al mozo de cuadras que llevara el caballo a Maese cocinas para su despiece y guisado posterior. Una vez tomada su venganza con el cuadrúpedo, caminó por el patio de armas hacia uno de los torreones del castillo (el más bajo), y atravesó la puerta, recorrió el pequeño zaguán de entrada, y llamó a la puerta robusta que fue abierta por dos guardias que se encontraban dentro. Una vez él entró en la sala, se encontró allí sentados al Conde y a los tres Sabios.

 

“Cerrad la puerta por fuera”, ordenó el conde a los dos guardas. “Ya os llamaré si os necesito, y que no entre nadie más aquí salvo que os haya quitado la vida antes”. Los guardias se cuadraron y acataron la orden.

Una vez solos los cinco hombres, comenzó la charla en serio. El Conde puso al corriente de lo acontecido a Cahoma, el cuál arrugó el entrecejo en claro gesto de preocupación.

 

Riukas tomó la palabra en la mesa: “no podemos dejar que vuelva a sacudirnos por tercera vez, me señor; vuestro padre cometió el error de dejarle renacer bajo la promesa de que no volvería a ocurrir la Debacle y fue engañado. Nos ha costado mucho volver a organizarnos y seguir prosperando. No debemos dejarle que continúe. Nuestra situación es agónica en éstos momentos, nos costó mucho rehacernos, y sospecho que sea una nueva trampa. Han pasado 50 años… es la edad justa de su vuelta. Su lacayo está preparando la vuelta. ¡No debemos permitirlo!”, vociferó finalmente.

 

Kronos asentía con la cabeza en la alocución de Riukas. “Es lo más aconsejable, mi señor. Debemos impedir que vuelva la criatura que nos condenó casi a la extinción por dos veces. Sólo nosotros tres, usted y Cahoma hemos sobrevivido a los dos ataques de Debacle, nadie más… y no es por la edad por lo que no han sobrevivido, lo sabe bien.”

 

Pantre también estaba de acuerdo con las alocuciones expuestas y asentía con la cabeza repetidamente, en silencio, con denostada actitud de que no había otra salida que la de ir a descuartizar ese ser que estaba en La Colina y tapar el agujero que, a buen seguro, estaba haciendo bajo la construcción que había levantado.

 

La situación se tornaba crítica por momentos. Desde el avistamiento por parte de Faronte de aquel ser con voz ronca, a buen seguro los preparativos para la vuelta de la criatura se acelerarían de modo vertiginoso. No había tiempo que perder… a la tercera va la vencida, o eso dicen.

27 de febrero de 2013 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

Capítulo 6: EXPLICACIONES A INCÓGNITAS

Aquella situación era surrealista. Faronte, durante el camino hacia el Círculo de los Sabios, tuvo tiempo de ir reconstruyendo y ordenando los acontecimientos sucedidos en su otro día libre para poder dar explicaciones con todo lujo de detalles a los Sabios y hasta su cabeza llegó a clasificar unos interrogantes acerca del terrorífico episodio vivido hacía una semana para planteárselos a los Sabios, pero no sabía si tendría el valor, o mejor dicho, la osadía, de ser capaz de retar a los Sabios con preguntas; en principio, era él quién estaba yendo a responder y no a preguntar.

 

Pantre le había hecho una afirmación, antes de que él hablara, que le había dejado perplejo, no acababa de encajar el por qué todos tendrían que cambiar el modo de vida a raíz de su encuentro con ese ser. Aún así, decidió comenzar su relato de los hechos al Consejo.

 

–           “Pues el otro día, dando un paseo, me encontré con una extraña construcción en la colina, y me fijé que a su alrededor no había naturaleza ni vegetal ni animal, cosa que me extrañó. Parecía una caseta medio derruída, pero sin embargo, cuando voví otro día para inspeccionar más de cerca, me quedé petrificado, se oían unos ruidos, unos golpes, y hasta había una persona… no, no era una persona, era algo, parecía como un despojo humano, como si todas las taras posibles estuvieran concentradas en ese ser que resultaba a todas luces asqueroso”.

 

–           “ ¡El Morador!”. Exclamó Riukas con claro síntoma de comprensión a lo que contaba Faronte. Y continuó atento a las explicaciones del joven.

 

¿El Morador?: Faronte comprendió al instante que los Sabios conocían la existencia de esa nave medio derruída y también que allí vivía alguien.

 

–           “Mientras vigilaba lo que hacía ese ser horripilante, decidí hacerme pasar por un viajero perdido, y le pregunté por nuestro asentamiento. Aquello se quedó parado, mirándome, sin pestañear ni hacer gesto alguno con lo que parecía ser su cara, ese momento ha sido el más amargo de mi vida, pensé que posiblemente iba a sacar una espada de la espalda, o me iba a coger del cuello, o alguna bestialidad parecida, porque eso no debe tener empatía hacia los humanos. Pero no fue así, aquella cosa… aquella cosa…”

 

A Faronte se le hizo un nudo en la garganta que le impidió hablar, se había atascado en el recuerdo congelado de la angustiosa situación; le provocaba pavor, pánico o lo que fuese que no le dejaba reaccionar, que le había bloqueado totalmente pese a pensar que había superado aquello, aunque al recordarlo le volvieron todos los miedos tal y como los sufrió.

 

–           “¿Qué pasó entonces, Faronte?, sigue contándonos, es muy importante todo lo que nos estás diciendo, y no podremos ayudarte a ti y a los demás si no conocemos absolutamente todo lo que pasó”, le apresuró Riukas.

 

–           “…aquella cosa”, continuó diciendo Faronte; “…aquella cosa me nombró”.

 

Y Faronte se derrumbó de rodillas en el suelo delante de los sabios. Sollozaba como un chiquillo que había hecho una travesura de consecuencias impactantes. No podía dejar de gemir, de hiperventilarse mientras permanecía hecho un ovillo frente al Consejo: no tenía consuelo, sus miedos le estaban torturando en límites que ni él mismo jamás presumió que pudiera existir tanto dolor, tanta duda, tanto temor…

 

Riukas, el más compasivo de los sabios, interrumpió la charla ofreciéndole agua a Faronte para que se tranquilizara. Le puso una mano en uno de sus hombros, le apretó levemente, y cuando Faronte levantó la mirada, le ofreció con su otro brazo un cántaro de agua fresca. El muchacho se limpió la cara con las mangas de la chaqueta que llevaba, le frotó las manos para quitarse los restos de hojas y arena del suelo, se puso en pie y bebió aquella agua que le sentó a gloria. Rebajó su temperatura, calmó músculos y nervios, y continuó con su relato.

 

–           “Fui a presentarme, porque le estaba hablando para que me dijera cómo volvía al camino, y lo único que hacía era mirarme. Cuando quise decirle mi nombre, esa cosa lo guturalizó como si lo eructara, pero sabía mi nombre, y eso me dio mucho miedo… y hasta me puso su brazo, o garra, o lo que Dios quiera que fuese aquello en mi hombro”

 

Los Sabios sólo tenían una pregunta que hacerle a Faronte, y la hizo Kronos:

 

–           “¿Te hizo daño, cambió su expresión, qué pasó después?.”

 

–           “Me quedé quieto, paralizado, pero porque no podía moverme. Yo quería irme de allí, o que me tragara la tierra, pero no era capaz. Aquello, después de decir mi nombre tres veces, con aquella voz, se dio la vuelta y entró al cobertizo. Volvió a golpear lo que sea dentro y yo pude reaccionar y salir corriendo hasta mi chocita.

 

Después de todo esto, Faronte recibió permiso de los Sabios para que volviera a su vida normal en el día libre de la Comunidad. Una cosa era clara, los Sabios sabían algo de aquel ser, conocían su existencia y se habían mostrado inquietos, como temerosos de que esa criatura pudiera ejercer algún poder sobre ellos; por primera vez, los tres se habían mostrado inquietos ante una adversidad, cosa que le extrañaba a Faronte, pues jamás en su vida vio que los Ancianos se preocuparan por algo; hasta ahora siempre se habían mostrado tranquilizadores ante cualquier desavenencia que se había producido en la Comunidad del Conde de las Chimeneas; era un grupo de conciliadores en lugar de alteradores de la tranquilidad, como había sucedido hoy.

 

Faronte volvió a casa, entre las miradas de los vecinos, cabizbajo, ni se dio cuenta de que todos estaban asomados a sus ventanas y puertas para mirarle, porque sus pensamientos estaban ocupados en descifrar ese extraño comportamiento de los Ancianos que tanto le había inquietado. Si ellos se habían mostrado nerviosos, es porque algún peligro que se escapaba al control de ellos mismos les atenazaba. Y esa incertidumbre intranquilizaba de sobremanera a nuestro protagonista.

 

Una vez en casa, se dedicó a hacer justo lo que había dicho a los Sabios, y ordenó la ropa que estaba tirada encima de la cama, la de la mecedora y la del suelo. Limpió las hojas que se habían colado por debajo de la arcáica puerta de madera de su cobijo, fregó la vajilla y se sentó a reflexionar sobre lo ocurrido aquella mañana.

 

Era algo que se le escapaba a su conocimiento, le inquietaba especialmente y le preocupaba haber presenciado nerviosismo y miradas de temor entre los tres ancianos, y mucho más le atenazaba la idea de que ellos sabían algo peligroso que no habían querido compartir con él ni con el resto de la Comunidad. Esa expectación y preguntas que había causado el caso (sin que él hubiese dicho nada de lo sucedido antes) no era una situación cómoda para nadie, y tener a todos mirando por su ventana a ver qué pasaba como habían estado al principio de la mañana, corroboraba sus dudas al respecto. Una situación incómoda, sin duda, para él, los Ancianos, y más aún para el resto, que ni siquiera podían haber escuchado el diálogo entre él y los Sabios.

 

Por un momento pensó en salir a la calle, y contar lo hablado en la reunión a cualquiera para que los demás tuvieran conocimiento de lo sucedido. Al fin y al cabo, todo parecía que aquello afectaría a toda la comunidad, y no a él solo. También hizo ademán de volver a ir a hablar con los sabios en busca de respuestas a sus interrogantes, incluso reflexionó sobre el alcance que todo esto tendría y las consecuencias, sin llegar a una conclusión válida para él mismo: no sabía si los de ahí fuera le mirarían como un bicho raro, le preguntarían por la conversación, le darían la espalda o se habrían montado ya una historia paralela falsa, pero que convenciera a todos.

26 de octubre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

Capítulo 5: LA VIDA YA NO ES LO QUE ERA

Decidió anular de su memoria aquella experiencia que, a buen seguro, si no lo hacía le marcaría en su quehacer cotidiano. Sentado, en su rincón, en el suelo y con las piernas encogidas como si se tratase de un erizo enrollado, su cabeza hervía a temperatura de gripe por la gran actividad eléctrica de sus neuronas que, involuntariamente, se empecinaban en seguir recordando la escena que le acababa de ocurrir.

 

Quiso pensar que había sido un viaje astral de su alma y prefirió ignorar todo pensamiento al respecto. Esperó a que cayera la noche, se preparó una cena ligera consistente en media hogaza de pan con aceite, y se dispuso a encamarse mientras luchaba con sus recuerdos más cercanos.

 

El día estaba a punto de comenzar, y todo era como siempre fue. Los jóvenes del poblado del Conde de las Chimeneas estaban saliendo de sus casas, prestos para ir a trabajar, y los ancianos dirigiéndose a las afueras, a su tradicional charla en el círculo de los mayores. Nada era distinto, nada había cambiado, y todo parecía continuar como hacía dos días. Una razón más para continuar con su vida rutinaria, ir al campo a hacer su trabajo y volver a casa para descansar. Mañana sería otro día más como el de hoy, y así hasta el día libre de la semana, el cuál se lo iba a pasar en casa, sin salir, para poner fin de una vez por todas a ese mal encuentro.

 

Trascurría la semana apaciblemente y comenzaba a ir desterrando de su memoria consciente ese encuentro que le dejó paralizado, mañana sería el día de descanso, y había estado preparando ese día con cautela para mantenerse ocupado, no salir de casa y no pensar en lo sucedido; para ello, no había hecho la cama, ni cambiado sábanas, los platos y vasos de barro usados durante todos los días se amontonaban al lado de la jofaina para su posterior lavado, la ropa, desperdigada por toda la casucha, y ni siquiera había barrido las hojas que se colaban por debajo de la puerta. Todo iba perfecto. Mañana era el día libre, y además, iba a quitar el polvo de los pocos muebles que tenía. Todo sea para olvidar…

 

Agotado, a la noche llegó a su casa, y se dejó caer en la fase rem del sueño al instante.

 

Por la mañana, unos golpes le despertaron. Golpes en su puerta, sólo golpes. Su cabeza le indicó que, momentáneamente, no estaba en condiciones de coordinar movimientos, era un contínuo pasaje de imágenes demoledoras de su encuentro con aquél ser. Estaba aturdido, nervioso, confundido y amedrentado hasta límites insospechados. Notó que todo su cuerpo estaba empapado de sudor, mientras los golpes en su puerta continuaban de manera ininterrumpida. Su salud menguaba por segundos con cada golpe en la puerta. No podía razonar.

 

–           “Quizá el resto del poblado oirá los golpes y vendrá a matar con espadas o azadones a la criatura”, pensó en un último intento de aplacar el ritmo destructivo de su corazón. Su respiración era agitada, prácticamente, no le daba tiempo a espirar cuando ya inspiraba otra vez, se estaba hiperventilando y eso ayudaba a aumentar más aún la situación de nerviosismo y confusión.

 

 

–           “¡VETE!!”, gritó con una voz de gorgorito como del que está a punto de morir al caer de un precipicio. Notó su boca y su lengua secas, los ojos llorosos, y pálpitos. Estaba a punto de desvanecerse a causa de la frenética respiración y la rapidez de los latidos de su corazón.

 

–           “Abre, Faronte”. Gritó uno de los ancianos. “Tenemos que hablar contigo”.

 

¡Dios mío!, no era aquel ser repugnante, sino el consejo de los mayores. Los ancianos querían hablar con él. Comenzó a relajarse, el sudor se tornó frío, su cabeza recuperó la actividad normal y la respiración volvía a acompasarse a límites normales. Sólo el corazón continuaba agitándose dentro de su pecho, conocedor de que ocultaba un gran secreto.

 

Faronte les gritó que se estaba vistiendo para ganar tiempo y limpiarse la cara con las sábanas, secar sus manos e intentar cambiar el color de su piel, más blanquecina que de costumbre. Finalmente, haciendo un enorme esfuerzo, se puso en pie y, lentamente, se acercó a la puerta para abrir al respetado Consejo de Mayores; no tenía nada que temer de ellos. Eran humanos, de su pueblo, y lo conocían desde que nació. Además, tenían buena opinión sobre el muchacho, y pensaba aprovechar esa buena fama para tapar, dentro de lo posible, aquello que le amenazaba con desestabilizarle. Abrió la puerta, y les invitó a entrar, ofreció asiento en su silla y su cama, a las que previamente quitó las ropas de encima en un intento vano de mostrar ser ordenado.

 

El Consejo de Sabios estaba formado por tres ancianos, con pinta todos ellos de ser hombres de sabiduría. Sus melenas blancas y lisas, sus largas barbas, los ojos rodeados de arrugas y la mirada, esa mirada que te hace sentir que saben lo que piensas nunca había aterrado a Faronte hasta éste momento. Se notaba el poder de los tres sobre todos ellos, el conocimiento, la capacidad, la vivencia y la edad les hacían ser respetados y escuchados.

 

Los tres sabios mayores se sentaron en la cama, y Faronte en la silla, permanecieron mirándose los cuatro durante dos largos minutos que a nuestro desvergonzado héroe venido a menos le parecieron eternos, dándole tiempo a pensar y teorizar sobre el motivo de la visita y recorrer la estancia con la mirada analizando el desorden reinante: hasta pasó vergüenza.

 

Kronos, Pantre y Riukas (así se llamaban los sabios), por su parte, tan sólo le miraban a él, escudriñándole en su interior, analizando respuestas incontroladas de su cuerpo. Hasta que por fin, Kronos habló:

 

–           “Faronte, hijo, ¿hay algo que sepas que creas que nosotros no debamos saber?”.

 

¿Qué clase de pregunta era esa?. ¿Qué sabían los sabios de su día libre anterior?, ¿le habian visto subir a la colina?, ¿alguien les dijo algo?. No podía ser, había tomado muchas precauciones para que nadie le viera. Entonces, ¿por qué, precisamente ese día era cuando los sabios habían ido a su casa y le hacían esa pregunta tan misteriosa?.

 

 

 

–           “No, señor, no hay nada que yo sepa que ustedes ignoren, salvo el desbarajuste que ven en mi choza, y les pido perdón por ello, prometo que a lo largo del día lo ordenaré todo y pondré cada cosa en su sitio”.

 

Pantre fue mucho más directo: “no nos mientas, Faronte, pues la mentira sólo lleva a más mentiras, y una gran mentira que se alimenta de mentiras destruirá tu credibilidad”

 

Faronte volvió a quedar perplejo, sus pupilas crecieron exageradamente ante el estupor que le había dejado Pantre. Indudablemente, sabían algo, o igual se lo imaginaban pero no lo sabían y querían sacarle información a base de ponerle nervioso. “No, señor, ya se lo he dicho, que no ha habido nada en éstos días que se haya salido de lo normal en mi trabajo”.

 

“Eso no es del todo cierto, Faronte, y lo sabes”, increpó Riukas. “Has vivido un momento único que debes explicarnos. No tendrás más oportunidad de explicarte si vuelves a mentir. Ven con nosotros a la explanada del Consejo de los Mayores, allí no tendrás a los curiosos asomados a tu ventana y podrás hablar con más tranquilidad. Sólo queremos ayudarte en lo que te ha pasado, pero necesitamos conocer todos los detalles”.

 

Faronte se sentía ridículo, pequeño, descubierto; qué sensación más mala la de que te llamen mentiroso los tres Sabios del Consejo de Mayores. Estaba avergonzado en lo más profundo de su alma. Ahora, todo el asentamiento le vería desfilar detrás de los tres sabios camino al Círculo de los Mayores, a las afueras del pueblo.

 

Llegados al círculo, los tres sabios tomaron su sitio, y dejaron a Faronte en el medio de todos ellos, silenciosos, mirándole acusadoramente, expectantes de qué era lo que ese chico osado tenía que decirles. Se mostraron impacientes hasta el punto que, pasados unos segundos, Pantre, el más hostil de los tres, le increpó: “cuenta que con lo que has hecho, todos tendremos que cambiar de vida. Ahora quiero los detalles.”.

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

Capítulo 4: EL GATO SALE ESCALDADO

El frío se adueñó del cuerpo de Faronte. Escuchar su nombre, pronunciado por aquella criatura que jamás había visto, el ronco crujir de la garganta de ese ser, el eco producido por esa especie de gruñido que surgió de la garganta del que estaba frente a él, le hizo sentir que sus huesos y nervios quedaran paralizados, como por una droga química que realiza su función paralizante sin dilación.

 

“FAROOOOOOOOOOONTEEEEEEEEEEEE”. Volvió a exclamar el engendro, superponiendo lo que parecía una mano (¿o una garra?) en el hombro izquierdo del muchacho. Si ese apéndice que descansaba sobre su hombro hubiera sido una plancha plagada de pinchos metálicos, se hubiera clavado con toda la seguridad del mundo, puesto que la respuesta ante una agresión que recibiese había quedado anulada en la sorpresa del sonido que había escuchado.

 

“FAROOOOOOOOOOONTEEEEEEEEEEEE”. Una mirada de aquellos ojos, marrones oscuros, como encendidos en un mar, acompañaban, brillosos, sorprendidos, al quejido que rompía el silencio del lugar. Esos ojos contribuyeron de forma especial a la parálisis del chico. Una mirada penetrante, como si diera la sensación de poder leer lo que tu mente está intentando encontrar para comprender la situación. Esa mirada, sin duda, era la más irreal que había vivido Faronte. El cuerpo se le estremeció nuevamente, en lo que parecía una reacción inconsciente que le avisaba de que estaba vivo, y no muerto, pese a la apariencia de su inmovilidad.

 

¿Quién era aquél que conocía su nombre?, ¿también conocía de dónde venía?, ¿por qué conocía su nombre?, ¿cuándo se habían visto con anterioridad?, ¿por qué Faronte no recordaba nada de él, siendo tan especial?. Demasiadas incógnitas en tan poco tiempo. Muchas dudas y una sensación de fracaso personal y de inseguridad extrema para nuestro aventurero que, lejos de demostrar lo valiente que siempre fue, ahora se veía acorralado sin saber por qué ni por quién.

 

“FAROOOOOOOOOOONTEEEEEEEEEEEE”, gruñó por última vez… bajó su brazo posado en el hombro de Faronte y dió media vuelta, avanzó hacia el cobertizo y obvió los troncos y hacha que estaba utilizando cuando se produjo el encuentro, al pasar al lado. Cabizbajo, alejándose, mascullaba algo en voz baja, como un rezo imposible de entender, entre dientes y nada entendible. Los pasos eran lentos, pero firmes, pesados, pero seguros, largos y continuados, a velocidad moderada, nada sorprendente. Aunque, eso sí, según se alejaba aquello, Faronte comenzaba a descubrir que sus piernas se movían, más bien temblaban, en claro síntoma de que sus nervios estaban intentando volver a la normalidad. Sintió su cuerpo frío, muy frío, como si la sangre estuviese helada sin más, y comenzó a parpadear para evitar que sus ojos se secaran de la impresión que se habían llevado. Escuchó cómo su respiración se tornaba a la normalidad y hasta tuvo la coordinación de agacharse a por el hatillo que se le había caído al suelo momentos antes.

 

La criatura entró en el cobertizo, un ruido ensordecedor, como de rompimiento contínuo de huesos, se quedó en el aire procedente del interior de la construcción de madera, una y otra vez, ese maldito sonido le invadía los oídos cuasi paralizándole de nuevo. Faronte descubrió por primera vez el pánico, el terror, el miedo insalvable, y no le había gustado nada la sensación.

 

Con el pensamiento de cobardía manifiesta aturdiéndole la mente, Faronte corrió en dirección a la que había traído hacía unos minutos, bajando suicidamente la colina a trompicones, saltando los esquejes ramosos con infatigable torpeza e intentando guardar el equilibrio, cambiando constantemente el hatillo de forma de transporte porque le molestaba de todas las maneras. La veloz carrera se produjo sin mirar atrás, sin detenerse a ver si escuchaba algo más, acompañada de la premonición de que los nervios querían recuperar el tiempo perdido que habían estado inactivo.

 

El camino que aquella mañana había emprendido y realizado en una hora y cuarto, había quedado reducido a unos escasos 17 minutos de vuelta. La ilusión con la que lo comenzó, quedó reducida a fracaso. Faronte estaba entrando, de nuevo, por la única calle del asentamiento del castillo del Conde de Chimeneas, aliviado en parte, y sin saludar a nadie, se refugió en su casa, sentado, en un taburete de madera, sobre un rincón, de espaldas a la pared y mirando la puerta mientras, con la mirada perdida y sacudiendo el cuerpo hacia delante y atrás, intentaba meditar en medio del terrible dolor de cabeza, qué era lo que había ocurrido hacía veinte minutos.

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

Capítulo 3: LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO

La intranquilidad de Faronte le hacía ser cauto, y la juventud atrevido; en éste momento existía una lucha interna entre su psique (que le decía que por hoy ya estaba bien de emociones), y su masculinidad (que le empujaba irremediablemente a entablar contacto con aquel hombre). Finalmente pudo más su juventud y masculinidad, esa ansia de aventura y riesgo que nos domina en circunstancias donde, con todo en contra, actuamos puerilmente y dando de lado a las posibles consecuencias pese a la alerta que nuestro cerebro nos manda constantemente.

Recogió su hato de víveres, y continuó camino escondiéndose entre los arbustos y malezas que iba viendo, mientras controlaba, con la vista, al indivíduo que seguía golpeando algo allá a lo lejos. Ningún pájaro estaba revoloteando ni cantando, tampoco insectos, los arbustos se iban tornando, según avanzaba en esquejes secos que apenas levantaban medio metro del suelo, carecían de verdor ni flores; era como si en cien metros alrededor de la construcción de ese hombre, todo fuera yermo. Haciendo caso omiso una vez más a su cerebro, Faronte cometió la torpeza de levantarse de su posición de cuclillas en la que se encontraba, y se dirigió, decididamente, a hablar con ese hombre solitario. Se irguió completamente, saliendo de su escondite, y decidió hacerse pasar por un viandante despistado para sacar algo de información.

Anduvo, apenas cincuenta metros, cuando voceó dando los buenos días; su corazón se aceleró, el hombre, dejó de golpear rítmicamente, y su boca se secó pegándose su lengua al cielo de la misma… sus dientes los notaba raramente como una lija, al pasar la lengua, su respiración se hizo más corta y rápida, podía sentir su propio corazón latir en sus oídos.

–   “Ando perdido, ¿puede ayudarme?. Gritó Faronte con voz entrecortada.

Aquel tipo se dio la vuelta, lo miró, y se quedó inmóvil mirándole, sin pestañear, como escudriñando algo desconocido, o quizá un tesoro; de cualquier manera, aquel hombre mostró curiosidad del encuentro que Faronte había protagonizado.

Un largo minuto fue el que ambos se quedaron mirándose, un minuto que pareció más de un siglo, inmóviles, inseguros, curiosos… al fin, Faronte agarró la situación por donde más duele, y dio unos decididos pasos hacia el otro, con una sonrisa en la boca más que forzada, y hablando alegremente como si fuese un viajero extraviado que sólo quiere descansar y preguntar por dónde se va a algún pueblo cercano. (Realmente, desconocía Faronte si existía algún pueblo cercano, sólo conocía el asentamiento, y el Castillo del Conde de las Chimeneas).

El ser continuaba mirándole, sin hacer ningún gesto, ni emitir ninguna palabra… lo que empezó a gustar a Faronte, que pensaba que ese hombre estaba tan asombrado como él, y que quizá fuese quién tenía más miedo o inseguridad de los dos; al fin y al cabo, vive solo, y no tiene pinta de haber tenido relaciones con más seres humanos, por lo que a lo mejor hasta me teme (pensaba, erróneamente, Faronte). Seguía acercándose mientras hablaba del “disparate de su despiste al salirse del camino y no encontrarlo de nuevo”.

Llegó a unos pocos metros del desconocido, y paró el paso… aún así, se mostró locuaz…

–   “Menos mal que encuentro a alguien, llevo desde anoche perdido al salirme del camino para descansar y estar a salvo de bandidos, pero no encuentro cómo volver a él”. Decía Faronte para autoenvalentonarse frente al otro.

–   “Estoy buscando algún pueblo cercano donde descansar en una posada y darme un buen baño caliente, comer con cuchara, y si es posible, ser acompañado de alguna dama de cascos ligeros, jajajaja”, bromeó Faronte.

Silencio, observación, extrañeza, contemplación, pensamiento, mirada, tensión, preocupación, arrepentimiento… muchas cosas en tan poco tiempo que sintió Faronte. ¡Aquél tipo parecía bobo!, no decía ni hacía nada… se había quedado inmóvil mirándole, como si se tratase de una estatua allí puesta para adornar el sombrío y estéril paisaje de la construcción. La visión conseguía que la médula espinal de Faronte sufriera distintas temperaturas altas y bajas en décimas de segundo. Quería darse la vuelta y que nunca hubiera ocurrido ese encuentro.

Faronte esperó sin ser capaz de inventar nada para aliviar la tensión del encuentro. No movía un músculo, incluso su forzada sonrisa se desfiguró para convertirse en una auténtica mueca de preocupación y desconcierto, arqueándose las cejas, boca recta, ojos a medio abrir, y mirada intranquila… la situación estaba empezando a desesperarle de modo que parecía que le iba a superar de un momento a otro.

En un último intento de comunicación, Faronte quiso dar a conocer su nombre:

–   “Bueno, saludos, señor, mi nombre es”.

– “FAAAROOONNTEEEE”, gruño aquel ser con gutural y ronca voz, demostrando no tener una capacidad normal de pronunciación.

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

Capítulo 2: PRIMERA INSPECCIÓN

Hoy era día de descanso para los menores de treinta en el asentamiento del castillo del Conde de las Chimeneas. Ese día, era aprovechado por los jóvenes para descansar en su más puro estilo de vagancia, pasar el tiempo y dar rienda suelta a todo aquello que durante el resto de la semana tenían que dejar pasar. Cada uno empleaba el tiempo en lo que le venía en gana. Unos iban al campo a pasear, otros leían alguno de los escasos libros que existían en el asentamiento, pasándoselos de mano en mano como piedras preciosas, la mayoría se dedicaba a dejarse tirado en el lecho, etc…

 

Faronte, desde ayer, estaba deseando que se hiciera de día. Iba a emplear el día de descanso en algo que nunca, hasta ahora, había hecho nadie: investigar la falda oculta de la colina.

 

Dicho y hecho, cogió la sábana, la extendió en el suelo, y depositó sobre ella una hogaza de pan, unos trozos de carne de cerdo a medio asar, y una piel de conejo rellena con agua. Su edad, y su curiosidad serían las perfectas compañeras de camino, y no necesitaba nada más que un poco de comida y agua como llevaba. De ésta manera, se sintió seguro de si mismo y se animaba para emprender la experiencia: se tenía aquella mañana por alguien especial al ser capaz de imaginar y hacer algo único que nadie más hizo (o eso creía él, claro).

 

Salió de su casucha, y se dirigió por la única calle del asentamiento hasta las afueras del mismo, saludando a los pocos que se encontró esa mañana. Iba feliz, lo tenía todo controlado, y llevaba la despensa colgando de su hombro; el secreto de su misión le alentaba en su empresa, ya saboreaba las mieles de su regreso, cuando contara a las chicas y a los chicos lo que había descubierto, y de ese modo, podría ser el guía para próximas excursiones al lugar.

 

Así pues, Faronte caminó durante tres cuartos de hora en dirección a la colina, y al llegar a su base, decidió rodearla por su vertiente derecha. Media hora más, y estaría al otro lado. Se las prometía felices, se veía fuerte, interesante, enigmático, importante y prepotente… todo ello según él, claro. Es sabido que los jóvenes, a menudo se equivocan en sus apreciaciones y sufren la realidad como un golpe de un boxeador que estalla en la cara… se le viene de la misma manera… sin esperarlo, y desmontando todas sus ilusiones y posibilidades, sus creencias y su mentalidad…

 

Ya había logrado dar la vuelta a colina mientras iba entusiasmado en sus pensamientos; un frío le recorrió su espina dorsal… como un gazapo, se refugió tras el grueso tronco de una sequoya, se agachó y miró hacia arriba tímidamente… en el trasluz del sol, y las sombras de otros árboles, se alzaba, ennegrecida, medio derruída por el paso del tiempo, con aspecto de no haber sido reformada ni cuidada en, al menos, medio siglo o incluso más. Era una construcción como un cubo, diríase que una cuadra de forma trapezoide, ni siquiera las paredes eran paralelas, pero lo suficiente como para poderese denominar “un techo”. Carecía de chimenea, y Faronte se preguntaba cómo era posible que se calentase en invierno quién o quienes vivieran allí, porque los inviernos eran muy fríos. Tampoco tenía ventanas, al menos en las dos paredes que, en ángulo, podía divisar. Era una construcción, sin duda, hecha por alguien que no tenía ni idea de hacer casas. Lúgubre, oscura, su silueta le hizo volver a sentir ese escalofrío mezcla de dudas y miedos que le inquietó hasta tal punto que sintió la necesidad de apartar la vista de aquello, y sentarse unos minutos a reflexionar.

 

El ruido de ayer comenzó a sonar de nuevo, de igual manera, rítmico, tosco, seco, grave, amenazador. Faronte volvió a sentirse inquieto, y por primera vez dudó de si lo que estaba haciendo era lo correcto. El ruido no cesaba, como si fuese automatizado. Él estaba solo en ésta misión que se había autoimpuesto, y tenía la oportunidad e abandonar sin que nadie supiera que se había rajado por cobardía… sin embargo, su orgullo masculino le impedía retroceder sin obtener algún dato más de aquella enigmática falda oculta de la colina. Al fin y al cabo, era el único de los no ancianos que conocía la existencia de esa construcción, y que había un morador. Se preguntaba por qué ese morador no estaba con ellos en el asentamiento, por qué los ancianos no le habían reclutado para trabajar con ellos para el Conde las Chimeneas, y, sobre todo, por qué ese morador no se había venido a mezclarse con sus semejantes. Dudas que, sin darle mucha importancia, realmente le habían asaltado su mente… y eran dudas razonables.

 

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

Capítulo 1: UN MORADOR, UN RUIDO

CAPÍTULO 1: UN MORADOR, UN RUIDO.

 

El día amaneció húmedo y sombrío; una mañana de esas interminables que no acaba de abrir el día, larga, de las que te hacen desear que acabe de salir el sol y que tu cuerpo abandone esa sensación de frío en el interior del tuétano de los huesos. Efectivamente, parecía ser el preludio de lo que estaba a punto de acontecer en la colina próxima al asentamiento del castillo del Conde.

 

La neblina, no demasiado espesa, pero sí densa, molesta a la definición de la vista, abrazaba aquella colina como una funda a su almohada: no daba opción a vislumbrar con claridad su interior, como si fuese algo que debía proteger. Según se alzaba la vista hacia la cumbre, más espesa se hacía, y aún así, la silueta oscura de la colina era visible. Allí, impertérrita, desafiante, como si te hiciera una llamada retándote a recorrerla y hacerte añicos toda la valentía que pusieras en el empeño.

 

Los más ancianos estaban sentados en su lugar mañanero comentando la extraña situación que se habían encontrado ese día. El Círculo de Mayores, (como se conocía cariñosamente a éstas reuniones diarias), estaba más alborotado que nunca; normalmente todos aparecían sentados hablando calmadamente, pero hoy, hoy no era así: varios de ellos estaban de pie gesticulando nerviosamente y andando de un lado a otro. Definitivamente, el día de hoy era un día distinto; esa actitud de los ancianos no era conocida entre el populacho y aquello hacía subir la curiosidad de sus vecinos.

 

Faronte estaba especialmente intrigado por lo que divisaba a lo lejos y decidió acercarse a hurtadillas.

 

“Sería la mejor manera de poder saber qué hablan cuando no estamos ninguno cerca”, fue lo que pensó mientras se iba escondiendo a cada metro que se acercaba: “seguramente no se darán cuenta que me acerco, parecen muy despistados hoy hablando de esa manera, incluso están gritando”. Fantore se fue acercando, poco a poco, como los lobos, pasito a pasito, acechando cada movimiento de su víctima, siendo cauteloso de mirar su siguiente paso antes de darlo y así evitar tropezarse y ser descubierto. Por fin, pudo estar a menos de veinte metros, suficiente distancia para oír la conversación y no ser descubierto.

 

“He dicho que no”, concluyó a voces uno de los Mayores; “sacar a la luz lo que tanto hemos callado no hará más que hacer huír a nuestros vecinos, y despertar el miedo entre todos ellos. Debemos protegerlos y continuar como éstos últimos cincuenta años”.

 

“Pero viven en la ignorancia, y si esperamos más, quizá sea demasiado tarde y no tengan tiempo ni de escapar, la historia podría volver a repetirse, hemos de advertiles”, decía otro de los Mayores que se encontraba de pie.

 

Faronte no entendía nada, no acertaba a poder unir nada de lo que decían con la vida que había tenido hasta ahora, estaba despistado y ausente de la realidad que aquellos Mayores estaban hablando, y que a buen seguro, conocían perfectamente, con sus consecuencias. Una duda se le vino a la mente: no comprendía que un tema tan importante como anunciaban hubiese estado oculto tanto tiempo, y más todavía si las vidas de los lugareños corrían peligro. Fantore se mostró más curioso, más ansioso, más nervioso…

 

“Ssssssssssssshhhhhhhh, ¡callad!, escuchad ahora”, dijo uno de los Mayores; “ya lo está preparando”. Faronte guardó silencio nuevamente, aguantó la respiración y aguzó el oído, podía escuchar los latidos de su corazón y otro ruido más; era un ruido rítmico, seco, contínuo, lejano pero contundente en su transmisión por el aire, era un ruido cortante, seguro de sí mismo, siempre igual, repetitivamente.

 

El ruido procedía, como eco, de la parte trasera de la colina, martilleante y serenamente insultante. Transmitía intranquilidad contemplar las caras y los vaivenes de aquellos ancianos, sus movimientos, algunos cuasiespasmódicos, presagiaban que ese ruido les asustaba y estaban logrando contagiarlo a Fantore, que comenzaba a encontrarse el pulso acelerado; quizá esa ignorancia de lo que estaba ocurriendo no le gustaba y le incomodaba de sobremanera. Sin duda, era una situación nueva y preocupante. Desconcertado, Fantore seguía escuchando.

 

“El morador volverá por sus posesiones, no lo dudéis, y debemos estar preparados”, sentenciaba uno de los Mayores entre arengas de unos y negativas de otros.

 

Faronte concluyó que la colina guardaba un secreto, pero, ¿una persona en la colina?: eso era una novedad para la que no estaba preparado porque jamás se había planteado nada acerca de aquella colina, y hoy, precisamente hoy, estaba realmente tenebrosa alzándose turbia detrás de la neblina.

 

Con la información obtenida decidió volver al asentamiento antes que nadie se diese cuenta de su falta y continuó la jornada dubitativo y reflexivo. Lo que había presenciado le descompuso el cuerpo y el razonamiento. Una sensación de tapón en la boca del estómago le acompañó durante todo el día.

 

Llegaba la noche y había logrado callarse lo ocurrido… pero ¿durante cuánto tiempo podría aguantar sin hablar del tema?.

 

“Una persona al otro lado de la colina, ¿por qué nunca nos han dicho nada?, ¿será un loco peligroso?, y aunque así fuera, no podría contra todos nosotros a la vez. ¿Qué ocurrió hace cincuenta años?, ¿por qué nunca hemos ido a la colina?, ¿guarda algún secreto más la colina?.

 

Fantore se fue a su lecho de heno preparado en el suelo. Quiso cerrar los ojos, pero la visión de la colina envuelta en niebla, el ruido, el morador y las discusiones de los mayores no le dejaban de atormentar.

 

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

AGRADECIMIENTOS

Rompiendo moldes, me atrevo a, en la segunda página de la historia, agradecer a mi madre y a mi tío Ino que sean los culpables de que me guste leer y escribir. Asimismo a Don Rubén (mi profesor de lengua en la segunda etapa de E.G.B.), al que odié durante tres cursos por lo duro que era, pero al que realmente tengo que estarle agradecido.

 

También quisiera recordar a Salvador Calvo Muñoz y a Don Mariño, que ponía ceros en latín grandes que valían por diez ceros. No veas luego para remontarlos… tenías que salir al encerado voluntario diez veces y acertar sus preguntas.

 

“Las letras con sangre entra”, que diría el refranero español.

 

A todos ellos, y muchos más que me dejo en el tintero, ¡GRACIAS!.

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

INTRODUCCIÓN

Una colina. Una casa. Un morador. Un ruido.

 

En lontananza, desde el pequeño asentamiento a las faldas del castillo del Conde de Chimeneas se divisa la colina que da origen a nuestra historia.

 

Esa colina permanece inalterada desde hace décadas, como si ningún agente natural o humano pudiera hacerle cambiar el aspecto: sus plantas y morfología no han cambiado desde entonces, tiene la hierba verde en todas las épocas del año, no se divisan animales en ella, y su silencio contínuo hace levantar dolor de oídos.

 

En la parte norte de la ladera existe una construcción, una casa, más bien una caseta realizada sin el más mínimo miramiento a los planos generales de un arquitecto, grotesca, mal distribuída, diríase que podría derrumbarla el lobo de los tres cerditos con uno de sus soplidos. Estaba inclinada porque el terreno era inclinado, no tenía ventanas ni ningún otro acceso que no fuera un agujero practicado en una de sus paredes a modo de puerta destartalada y cubierta con cartón piedra de cinco milímetros de espesor y flanqueada a los lados con distintas telas a modo de decrépitas cortinas mugrientas y rotas por el paso del tiempo.

 

No todos en el asentamiento del castillo conocían la existencia de esa rudimentaria caseta, tan sólo lo sabían los más viejos del lugar y procuraban no hablar de ella cuando alguno más joven se encontraban en las cercanías: era un pacto hecho decenas de años atrás. Nadie en el asentamiento sentía la necesidad de ir a aquella colina porque sus vidas estaban constantemente ocupadas en cuidar de las tierras y el ganado del señor Conde de las Chimeneas, y apenas disponían de tiempo más que para comer y dormir finalizadas sus jornadas de trabajo.

 

Los ancianos del lugar, por las mañanas, al reunirse en las afueras, solían hablar de lo sucedido en la colina hacía más de cincuenta años, cuando ellos eran los jóvenes del asentamiento, y siempre lo hacían sentados en círculo, de tal manera que siempre controlaban todos los flancos y lugares desde los que alguien pudiera acercarse y escuchar lo que no debían. ¿Para qué cambiar la costumbre si desde entonces todo había ido bien?…

26 de septiembre de 2012 Posted by | LA COLINA | Deja un comentario

PRESENTANDO EL BLOG

Bueno, pueeeeeeeeessssssss… no quiero pecar de nada… peroooooo… siempre me ha gustado escribir… desde pequeño he leído mucho desde que mi tío y padrino me regaló para la Primera Comunión mi primer libro: “LAS GRANDES EPOPEYAS”… me gustó mucho, y desde entonces (hace una friolera de años), han sido muchos los libros que han pasado por mis manos, de muchos estilos… aunque me he decantado por misterio, magia, suspense, sucesos extraños, investigaciones, histórica, filosófica/pensamiento… descartando novelas rosas, westerns y demás zarandajas que no me interesan (con respeto, claro, que siempre tienen seguidores)…

He decidido abrir un blog, y ponerme a escribir en él en esos momentos muertos que no sabe uno lo que hacer. No tengo definida una continuidad en él, no tengo definido tampoco qué duración ni extensión tendrá… pero sí que tengo claro que voy a intentar liberar un poco la cabeza escribiendo… que me relaja…

Deseadme suerte…

El blog se encuentra en la dirección siguiente: http://lalcolinadepeazodecock.wordpress.com

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